A Juan se le enredó algo en el pie mientras paseaba por las calles más absurdas de aquella ciudad que se había vuelto gris unos días atrás; negra, tan sólo unas horas.
Nadie se daba cuentas de sus puntapiés, de su rabia, de sus lágrimas.
El dolor ya no se iba. Tampoco podía esperar más días tumbado, porque la inactividad le estaba matando. Entre dormido, enfadado y triste… Él hubiera dado todo por el último pitillo.
Las nubes desfilaban a gran velocidad. Tanta, que a él le dio la sombra todo el rato.
Y no se dio cuenta, de que alguien le estaba desenredando los pies.
Juan tenía una montaña rusa en uno de los cordones. Gente que viajaba con él, vértigo, miedo, gritos; monedas, piedras y contratos… Todo eso llevaba Juan en el cordón de su zapato.
Y dejó de andar, se sentó en un banco, sintió que los pies le pesaban demasiado y con un fuerte puntapié, hizo que ella saliera despedida. La desenredadora de nudos se hizo añicos por los aires.
Y decidió atar ese cordón al de su zapato izquierdo, respirar y volver a despedirse del verano.
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